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Leer las etiquetas hace bien

 

 

 

 

La obesidad, la hipertensión, la diabetes y otras enfermedades guardan estrecha relación con lo que comemos y conocer qué valor calórico, cuánto sodio o qué porcentaje de grasas poseen los alimentos que consumimos es fundamental para prevenir esas enfermedades o, si ya están en nuestra familia, evitar que empeoren. Y la mejor manera de obtener esta información es recurriendo al etiquetado de los productos alimenticios para elegir qué comprar.

El dicho “la información es poder” podría modificarse por “la información es salud” y la ciencia lo ratifica: un estudio de la Universidad de Santiago de Compostela, elaborado en conjunto con las universidades de Tennessee, Arkansas (EE UU) y el Instituto de Investigación de Economía Agrícola de Noruega, asegura que las personas que leen el etiquetado de los alimentos son más delgadas y más saludables. Según el trabajo, la lectura del etiquetado de productos de alimentación guarda relación con la prevención de la obesidad, sobre todo en mujeres, ya que pesan casi 4 kilogramos menos que quienes no consultan la información nutricional.

Pero de todas maneras, aún con la información nutricional que existe actualmente, hay muchas cosas que podemos hacer para comer más sano y más acorde con nuestras necesidades. Por eso te recomendamos algunas cuestiones con las que estar atentos.

Prestá atención. Tené cuidado con las promesas de “saludable”, “nutritivo”, “bajo en calorías”. Según una encuesta, los consumidores indicaron que usan la información del frente del paquete cuando deciden si comprar alimentos procesados por primera vez, pero eso no necesariamente se corroborará cuando se lea la letra chica de las tablas nutricionales.

Hay que saber que los atributos o adjetivos que encontramos en los envases pueden ser usados de forma absoluta o comparativa. Por ejemplo, un alimento será “bajo en grasas” si tiene menos de 3 gramos de grasas totales cada 100 gramos de producto, o será “cero en grasas trans” si tiene menos del 5% en el total de las grasas del producto (según el Código Alimentario Argentino). Ahora bien, cuando el adjetivo es usado de manera comparativa significa que la condición es respecto de otro alimento de iguales características.

En estos casos, un caldo de verduras “reducido en sodio” quiere decir que tiene menos sodio que el mismo caldo en su versión original. No necesariamente quiere decir que tenga poca sal. Lo mismo ocurre con los productos “light”. Esa inscripción quiere decir que su composición se modificó respecto al producto original en alguno de sus ingredientes, pero de ninguna manera significa que no engorda.

Las porciones: Hay que prestar atención al tamaño de la porción a la que hace referencia el envase si se quiere comparar entre productos. Para elegir un queso blanco, por ejemplo, hay que considerar que algunos ofrecen los valores nutricionales en gramos y otros en 1 o 2 cucharadas.

Listado de ingredientes y valores nutricionales: En la tabla nutricional se puede ver una columna con el porcentaje del aporte diario recomendado de cada nutriente. En este caso, también deberán cotejarlo con el tamaño de la porción por ingerir. Algunos expertos sugieren considerar que un producto es bueno si tiene menos de 5% del aporte diario recomendado de calorías, sodio, grasas totales, grasas saturadas y trans; y más del 20% del aporte diario recomendado de fibra, calcio, hierro, vitaminas y grasas mono y poliinsaturadas. Finalmente, los alimentos muy procesados tendrán una lista muy larga, con muchos nombres y números que desconocemos. Por eso, es importante saber que cuanto más naturales y sanos sean los alimentos, menos nombres tendrá en la lista de ingredientes.

Para comprender mejor el etiquetado hay algunas propuestas que sugieren introducir el modelo del semáforo ya que pocos códigos se encuentran tan internalizados como este. Algunos países decidieron trasladar ese conocimiento al frente de las etiquetas de los alimentos para informar si el contenido calórico, de grasas, azúcar y sodio es alto, medio o bajo. En Argentina, algunas ONG pidieron que se implemente en el país este modelo, que consiste en determinar la cantidad de energía, grasas, azúcares y sal que contiene un alimento, compararlo con las cantidades máximas recomendadas y otorgarle un color a cada cifra en función de si está lejos, cerca o muy cerca de ese límite. Sin embargo, los especialistas coinciden en que una simplificación extrema podría provocar confusiones y desalentar la ingesta de productos necesarios para una alimentación completa y saludable.

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