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Ayudar a la genética

 

 

 

 

Tener un hijo es una de las experiencias más maravillosas que puede vivir un ser humano. Aún más si nos tocan a imagen y semejanza nuestra. Descubrir que tiene nuestros mismos ojos, tono de voz o gestos nos fascina. No es raro encontrarnos defendiendo el parecido de un niño a su madre o padre frente a la aparición de un niño que no vemos hace mucho. ¿Pero qué pasa cuando el pequeño también hereda algún aspecto no deseado de nuestra genética?

La obesidad, como tantas otras enfermedades crónicas, tienen una alta probabilidad de ser heredada de padre o madre. Al ser actualmente uno de los problemas de salud pública más serios que atraviesa la humanidad, conocer de qué manera se produce esta “herencia” es importante. Sólo así podremos estar especialmente atentos y hacer algo al respecto.

Un estudio realizado en el Reino Unido encontró que los que tenían dos padres obesos tenían 12 veces más posibilidades de ser obesos, comparado con niños sin padres obesos. Y en el caso de tener un solo padre con obesidad es la madre quien aumenta las posibilidades de “transmitirla”.

Otro dato preocupante del estudio fue que solo el 14% de los niños estudiados presentaban ambos padres con peso normal. Eso sí, solo el 2% de los niños de este grupo presentaba sobrepeso. Este valor es insignificante si lo comparamos con el grupo donde ambos padres presentaban obesidad. Allí 3 de cada 10 niños eran obesos y llegaba al 35% de ellos si el sobrepeso de ambos padres superaba los 30 kilos.

Más razones para heredar

Existen varios tipos de genes que, cuando están activados, pueden influir en la predisposición a engordar. Todos los tenemos, en mayor o menor medida. Traemos algunos activados y otros pueden activarse en algún momento de la vida.

– El gen ahorrador

Si se activa hace que nuestro cuerpo “ahorre” calorías en el mismo movimiento que a otros les produciría mayor gasto. El metabolismo es un poco más lento. Este gen puede determinar el momento de la vida en que una persona comienza a engordar y también la cantidad de kilos que aumenta o podría aumentar si no se trata.

– El gen glotón

Es el que regula las preferencias alimentarias: si nos gustan las comidas saladas o nos pierden los dulces.

– El gen perezoso

Responsable de la tendencia a la quietud, es el que debemos vencer para entrar en el camino de la actividad física.

Ahora bien, ¿qué hacer si tanto el padre, madre o ambos padecen obesidad?. ¿habrá que poner especial atención a sus niños? Y la respuesta es “sí y no”.

Los genes de la obesidad existen desde que estamos en la Tierra y recién estos últimos 30 años hubo un aumento explosivo de la obesidad, lo que implica que esta predisposición hereditaria es solo un factor frente a los cientos de factores que nos rodean y componen nuestro medio ambiente. Sobre todo, en los primeros años de vida, este medio ambiente está compuesto por lo que ocurre en casa. Por eso, es muy importante saber que los chicos aprenden por imitación de todo lo que los rodea y, obviamente, lo primero que los rodea es la familia y en especial los padres.

Es ahí donde incorporará hábitos “observando” a sus padres, no sólo en el aspecto estético, sino también en lo que respecta a sus conductas. Dependiendo de la edad de tus hijos, si tenés sobrepeso u obesidad, está bueno que te vean hacer algo al respecto: consultar a un médico o nutricionista, cambiar tu manera de alimentarte y comenzar a realizar actividad física.

Así que tengas sobrepeso o no lo tengas, se ha encontrado que introducir hábitos saludables en toda la familia durante los primeros años de vida de un niño previene la obesidad en su adultez, ya sea en niños con sobrepeso o sin sobrepeso. Se pone especial foco en aquellos chicos con obesidad infantil dado que 7 de cada 10 niños menores a 11 años que sufren sobrepeso serán obesos en la edad adulta.

Así que sin importan si nacieron con “genes” engordantes, nada modifica la importancia del rol que cumplimos como padres a la hora de prevenir o tratar la obesidad de nuestros hijos.

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